Cacharrería

No sé dónde vivía mi abuelo de joven. Pero una vez casado, se instaló con mi abuela en Chapinero y sus alrededores, primero en San Felipe, ese barrio de casas de techos planos, parques y talleres automotrices que hoy quieren transformar en el distrito del arte de Bogotá, y después en Quinta Camacho, en una casa de arquitectura inglesa, esquinera e idéntica a la casa contigua en la que vivían sus papás -mis bisabuelos-, que da a un parque en donde hoy se reúnen los estudiantes de las universidades de garaje de la zona a fumar porro y bajar con cerveza Poker la carraspera  que deja la hierba .

Cuando yo nací, mis abuelos ya habían dejado atrás las casas -estas dos y otra más que tuvieron luego en la carrera 15 con 106- y vivían en el undécimo piso de un edificio en la 77, un dúplex del que no me quería ir: cuatro cuartos y otros cuantos baños, una cocina inmensa, terrazas por todas partes. Un espacio perfecto para armar misiones y pasar todo el día sin ser visto por ningún adulto. Luz natural en cada rincón, antena parabólica (incontables las veces que vi Karate Kid en esa casa), juguetes, muchos juguetes para los nietos y una vista única a la montaña.

Pero lo que más me gustaba de ese apartamento era el cuarto de servicio, un espacio diminuto al que se accedía desde la cocina por una escalera de baldosines de tonalidades amarillas y ocres y flores a juego, y que mi abuelo, arquitecto, dibujante, pintor, cositero, convirtió en su taller. Ahí, sobre mesas de dibujo y muebles de madera rústica, mi abuelo tenía cualquier cantidad de puntillas y chinches y clavos y armellas y arandelas y tuercas y tornillos minuciosamente catalogados, almacenados y expuestos según su calibre, extensión y sistema de atornillado -pala, estrella- en frascos de vidrio y cajas de madera y de cartón. También había lápices de colores y pasteles y óleos y acuarelas y un radio siempre sintonizado en el dial de la HJCK y su colección de fascículos  de historia de la revista Credencial.

Como el Coronel Aureliano Buendía, mi abuelo pasaba las horas encerrado en ese cuartico, pero no haciendo pescaditos de oro. De hecho, no sé qué hacía pues nunca lo vi martillar una pared ni empuñar un destornillador y mucho menos darle uso a ese taladro que con tanto recelo guardaba en el cajón de uno de los muebles.

Cuando mi abuelo se murió, mi mamá y mis tías entraron al taller; entre lágrimas aún, y con una que otra risilla de esas que a veces trae el recuerdo del que ya no está, desmantelaron esa suerte de ferretería, ese museo de la chatarra. ¿Qué era? ¿Para qué lo tenía? ¿Esperaba darle uso alguna vez? Muchisísimos años después, tratando de descifrar qué veía mi abuelo donde todos veíamos basura, encontré la respuesta. Sus cacharros lo definían. Lo hacían ser quien era. Esos fragmentos de óxido y hierro eran su universo, su espacio de paz. El lugar donde él era él.

Similar a mi intención cuando decidí volver a abrir un blog, este blog. Un rincón mío, donde las palabras, los recuerdos, los pensamientos, sean como esas tuercas y esos tornillos que nadie entendía para qué estaban ahí, pero que a mí me dan tranquilidad. Porque me definen. Porque me ayudan a entender. Porque a través de ellas soy yo. Esas palabras son los tornillos con los que que quiero construir mi mundo. Aunque no salgan jamás de su frasco.

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