Escribir

Uno debería no poder dejar de escribir.

Que abrir un cuaderno, quitarle la tapa a un esfero, alisar una servilleta, tajar un lápiz, prender un computador, abrir un Word, fueran necesidades básicas.

Que el cuerpo diera señales para que este oficio fuera un impulso que se tiene que satisfacer. Un retorcijón, el ardor en la boca del estómago que da el hambre, el peso de la vejiga que amenaza con desgarrarse y llevarse por delante lo que encuentre.

Algo así debería pasar cuando uno deja de escribir.

Que una señal del cuerpo nuble la razón y apague cualquier distracción alrededor, y que toda la atención, toda, se centre ahí, en esa urgencia. Como la piquiña en la punta de la nariz que antecede el estornudo.

Que el alivio venga solo tras ver la hoja llena, la idea plasmada, la verborrea impresa. Así duela, como duele a veces cagar; que pique, que queme, que congele una parte del cerebro, como hacen ciertos alimentos. Que arda como una meada de viejo, pero que deje el alivio de que se hizo. Un alivio que, en cualquier caso, debe durar 24 horas, a lo sumo.

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