Conocí Medellín en el 2004. Semana Santa del 2004. Un amigo tenía una novia paisa y sus papás (los de la novia) tenían una casa rústica a orillas del mar en Isla Fuerte, frente a San Bernardo del Viento, en Córdoba. Ese año había empezado a trabajar así que eran mis primeras vacaciones autofinanciadas (esto es mentira. Aunque el viaje lo pagué con el sueldo que todavía devengaba de hijo porque para entonces yo estaba haciendo mi práctica profesional no remunerada, para efectos narrativos suena mejor, tiene más punch, referirse a ese viaje como mis primeras vacaciones autofinanciadas).

El viaje fue guerrero: salimos de Bogotá en flota, de noche, hasta Medellín. Llegamos muy de mañana, bajo la lluvia, después de pasar varias horas detenidos, sin bajarnos del bus, pues un tramo de la carretera, ya muy cerca a Medellín, lo cerraban de noche por lo que las autoridades llaman problemas de orden público (léase retenes de la guerrilla, o de los paras, vaya uno a saber). La idea era pasar el día en Medellín —era sábado— y al día siguiente salir madrugados en el carro de la novia de mi amigo hasta San Bernardo del Viento donde tomaríamos una lancha hasta la isla.

Hasta ese día, yo había odiado Medellín. Veintidós años de escupir bilis contra una ciudad que en la vida había pisado. Un odio como son todos los odios: ignorante. Crecí oyendo a mi papá despotricar de Medallo, la ciudad de la eterna primavera. Metrallo, la ciudad de la eterna balacera, decía. De su metro pagado con los impuestos de nosotros los bogotanos, de sus bancos, de su industria, de su sindicato, de sus carteles, de sus mafias y sus comunas. Él, descendiente de paisas, colonos de esas montañas verdísimas, fertilísimas, se ufanaba de que las peleas que tuvo en su juventud habían conseguido sonarle la poca sangre paisa que aún corría por sus venas.

Cómo no iba yo a odiar Medellín si mi papá la odiaba con tanta pasión. Además, de Medellín fue el primer equipo colombiano en ganar la Libertadores. Medellín era el caldo de cultivo de la violencia que se vivía en las calles de mi ciudad. De las bombas, de los secuestros, de los paras, de la guerrilla; la cuna de Escobar, del Bolillo y su rosca que nos sacó de los mundiales de los noventas, del presidente que nos jodió en la primera década del nuevo milenio.

Esas pocas horas en Medellín fueron frenéticas. Comimos bandeja paisa como-dios-manda en Hatoviejo, montamos en Metrocable, tardeamos en el Lleras y rematamos con jeringazos de algún menjurje azul de dudosa procedencia en Mango’s, una discoteca en Itagüí de temática Lejano oeste. Esa madrugada, de vuelta al apartamento de la novia de mi amigo, pensé que había perdido la billetera y vi salir el sol mientras intentaba cancelar mis tarjetas (de Conavi, desaparecida entidad financiera made in Medellín). Nos bañamos para salir y al vestirme encontré mi billetera intacta, inmaculadamente puesta al lado de la ropa que me pondría ese día y que yo mismo había dejado ahí en la escala que hicimos entre el Lleras y Mango’s, ya todos bajo los efectos del Antioqueño.

Al día siguiente llegamos a Isla Fuerte y por una semana fuimos atendidos a cuerpo de rey por aquella familia paisa. Por todos. Y todos incluye al papá, presidente de una importante multinacional de alimentos. Un viaje sin lujos materiales pero con todo lo que necesita un viaje para ser recordado como un gran viaje por años. Por las mañanas salíamos a practicar pesca submarina con arpón y lo que atrapábamos era lo que se preparaba al almuerzo. Por las tardes íbamos al pueblo y ahí nos sentábamos a tomar cerveza con los locales quienes trataban a esta familia como iguales, de tú a tú. Por las noches, después de comer, nos reuníamos todos, familia e invitados, a jugar algún juego de mesa; dormíamos en hamacas en una especie de porche al aire libre hasta que el sol, que salía frente a nosotros, nos despertaba. Y así toda la semana.

Al volver a Bogotá ya tenía suficientes elementos de juicio sobre Medellín. Podría seguir odiando a Nacional, a Uribe. Podría envidiar su metro, su clima ideal, pero a Medellín, a la ciudad, no.

Pasaron muchos años hasta que tuve la oportunidad de volver. Diez para ser exacto (esa parada de una noche volviendo en carro de Cartagena a Bogotá no cuenta). Y me dejó asombrado su poder de ¿reconstrucción? ¿resurgimiento? ¿renovación? ¿resiliencia? Por la época que vine por primera vez estaba en auge La sierra, un documental que retrataba la vida en una comuna en Medellín y el conflicto entre las pandillas que querían hacerse con el control. Me impactó muchísimo. A uno de los personajes lo matan. La cámara está encendida, grabando. Es de noche. No se ve nada y tampoco hace falta: el audio (las balas, los gritos, el silencio) cumple con su objetivo.

Medellín fue por años una ciudad peligrosa. Pero peligrosa de verdad. No de atracadores y raponeros, no. Peligrosa, peligrosa. De vendettas y secuestros y desaparecidos y fosas comunes. Hoy en cambio, el aire huele distinto. Desde que se baja uno del avión y se enrumba hacia la ciudad por esa autopista serpenteante con peaje electrónico (el único que habrá en Colombia quién sabe pot cuánto tiempo), en donde el ciclista es prioridad, incluso para el mismo ciclista, pasando por sus quebradas que bajan de las montañas, limpias, libres, sus avenidas bien señalizadas, sin huecos, con andenes bien construidos y jardineras bien cuidadas, sin carros parqueados a lado y lado incluso si no hay una señal de prohibido parquear —”Es que no me demoro”—, y en cambio con zonas de estacionamiento regulado  perfectamente señaladas y atendidas por personal capacitado y autorizado para tal función, sin buses cerrándose como bestias ni parando donde les sale del forro, hasta su gente, amable, sonriente, hospitalaria, que levanta las cejas o sonríe cuando se cruza con alguien aunque no lo conozca,  que no mira rayado, que no juzga, que vive su vida feliz porque el vecino no se la hace imposible.

Puede que no sea la ciudad perfecta, que aún tenga muchos problemas muy graves por resolver —indigencia, pandillas, microtráfico, bacrim—, pero Medellín es la prueba viviente, el botón de muestra de que los colombianos sí podemos vivir en paz. Que sí podemos poner los intereses comunes por delante los personales. Por eso, porque ese es el país que quiero para mis hijos, voy a votar sí.

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