Decepción

Tuve un retraso en el crecimiento. A los dieciséis parecía de catorce. Y como hice todo el bachillerato en un colegio de los que llamaban aeropuerto, porque llegaba gente de todas partes (vagos en su mayoría; lacras que tras varios colegios terminaban en este “club donde también se estudia” -tal era el slogan que repetía el rector cada mañana-), esos dos años de diferencia se convirtieron en cuatro: a los dieciséis , mis compañeros de curso tenían dieciocho (con el exceso de pelos y testosterona y otras hormonas que esa edad implica). Esto me llevó a ser absolutamente ignorado por las niñas con las que salían los de mi curso (he vuelto a ver a un par y están cascadas, gordas, feas, celulíticas; justicia poética) por lo que me vi obligado a tener amigos menores.
1998. Fiesta de niñas del Femenino con mis amigos del Campestre (De octavo. Yo estaba en once. Parecíamos de la misma edad). D se fija en mí. Ojos azules. Conversación inteligente. Perdió un año así que no es taaaan chiquita. D y yo bailamos toda la noche. Abrazados. D se ríe con todo lo que digo. Su risa es sensual, como de personaje de serie neoyorquina acodada en la barra de caoba de un bar neoyorquino. D y yo nos damos besos. D se devuelve en el carro con mis amigos. Dejamos a D, se despide con su mano. Tiene un dedo torcido. Muy torcido. Deforme. Menos mal me doy cuenta al final. Ya no me gusta D. DECEPCIÓN. La misma decepción que siento ahora con Bogotá. Veamos.
2013. Después de siete años viviendo en Madrid volvía a vivir a Bogotá. Sabía que los defectos de Bogotá eran mucho más graves que un dedo choneto. Con todo y eso, estaba dispuesto a jugármela en la ciudad en la que crecí, a la que con los años había aprendido a querer, con sus problemas, sus anomalías, sus deformidades. Compré bicicleta. Por practicidad, pero también por salud mental. No estaba dispuesto a recortar la línea que me separa del infarto por cuenta de andar en un carro (que por impuestos y aranceles se paga al doble, pero solo se puede usar la mitad del tiempo) esquivando buses que paran donde se les da la gana, ni a lidiar con otros conductores que piensan que las luces direccionales son de adorno y que las líneas que hay en las calles, para pasarlas haciendo zig zag, ora a la derecha, ora a la izquierda. No. Con mi bicicleta todo sería diferente. Iría en armonía con los peatones por andenes renovados, reverdecidos. Ámsterdam en este frío y agreste rincón del trópico.
Decepción. De armonía, nada. Ni por parte de los peatones, que después de 15 años de ciclovía no han entendido que esa franja de asfalto que atraviesa su andén es para bicicletas, ni por cuenta de los naziclistas que no les perdonan este desconocimiento entonces, al igual que los buseteros y que los taxistas que tanto critican, les echan su vehículo con un chiflido de arrear vacas a esos peatones, pero también a los carros y a los buses. Decepción. Pero no quería ser injusto y tratar a la ciudad como traté a D. Decidí vivir ignorando muchas cosas que no entendía. Como la ausencia de canecas para sacar la basura a las aceras. Como la pobrísima agenda cultural que hace más fácil atravesar la ciudad con una zorra sin caballo que ver una obra de teatro un martes. Como los niveles de contaminación, por cuenta de unos buses viejísimos, chatarras pintadas de azul para hacerlas pasar por un innovador sistema integrado de transporte. Como los vendedores ambulantes y sus huevos pericos que impiden el paso de todos: coches de bebé, bicicletas, ancianos, novios acaramelados. 
Preferí pensar, como muchos otros, que esto y otros males eran daños colaterales y que la única, la verdadera enfermedad de la ciudad tenía nombre y apellido: Gustavo Petro. Sí. Él era el culpable de todo, su desorden, su debilidad para gerenciar, su resentimientos y sus chanchullos. Y me dediqué a contar los días que quedaban para que saliera, para que se fuera, como quien espera resguardado a que pase la epidemia.
Decepción. Si bien la alcaldía del mencionado señor y las de sus antecesores y copartidarios habían sido desastrosas al punto de afianzarnos como la Atenas sudamericana pero posmoderna: puras ruinas; el cáncer había hecho metástasis. Y Peñalosa, la supuesta cura, resultó ser una quimio que no sirvió. Pero no por él sino por nosotros, los que aquí habitamos, que nos convertimos en el tumor. Cada uno de los habitantes de esta megalópolis, como las células malignas, estamos para buscar tejido bueno y desbaratarlo. 
Esto ya está avanzado y si no nos convertimos nosotros en neuronas, esas células que se conectan con sus pares para transmitir energía, lo único que nos espera, como al enfermo terminal, es el hueco. Eso sí, podemos elegirlo entre dos lozas del carril de Transmilenio de la Caracas. 

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