El día que todo cambió porque nada cambió

La publicidad: un vehículo de la comunicación para crear o reforzar el concepto de identidad nacional.

Esa rimbombancia es el título de mi tesis de grado de comunicación social con énfasis en publicidad: un trabajo algo mediocre sobre un concepto que en esa época, trece años atrás, me generaba rasquiña: el de la identidad nacional. Para entonces yo veía que otros países, otras culturas, otros pueblos podrían presumir de algo que los uniera, un hecho histórico, un logro colectivo, un plato, un héroe, un dolor; todos los que venían a mi mente tenían ese algo que las aglutinaba. Quería que mi tesis hablara de eso, pero por mi énfasis profesional tenía que meterle algo de publicidad a ese desperdicio de papel impreso en Times New Roman 12, a espacio y medio, tal y como dictaban las normas ICONTEC. Fue así como apareció la publicidad de Colombiana en la historia.

Para la época, la mencionada marca de gaseosas tenía unos comerciales muy bonitos, muy perfectos, muy publicitarios en los que mostraba gente igual de bonita, igual de perfecta, igual de publicitaria en parajes icónicos de Colombia: el Parque Gallineral, el desierto de la Tatacoa, el Cabo de la Vela… Los lugares de mi casa se llamaba la campaña. De ahí nos agarramos con mi compañera de tesis a ver si algún día lográbamos graduarnos.

Tal vez si el domingo hubiera destapado una Colombiana para pasar el trago amargo que habían sido esos 60.000 votos de diferencia que le dieron la victoria al No en el plebiscito, podría haber asimilado lo que nos está pasando. Y es que lo que nos está pasando, pero no desde el domingo sino desde hace 206 años, es algo que ya deduje en ese mamotreto que escribí cuando todavía no me salía pelo en la cara: que no tener identidad también es una manera de tener identidad.

Sencillo: somos una “nación” que lleva más de dos siglos en guerra consigo misma. Y pongo nación entre comillas porque en referencia a la tercera acepción que de ese vocablo nos da el diccionario la Real Academia de la Lengua —“Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común”— llevamos toda esa cantidad de años sin poder actuar como tal: aquí sentimos que no tenemos nada en común con ese negro de Bojayá al que le mataron a media familia, o con esa india caucana que tuvo que huir de la violencia con lo puesto y hoy sobrevive vendiendo guantes y bufandas a la salida de una estación de Transmilenio, o con ese mulato que tuvo que escoger entre matar a órdenes de los paras o ver a su familia morir a manos de ellos, o con ese mestizo que se enamoró de otro mestizo —sí, dos hombres, ¡terror!— y hoy quieren formar una familia. Porque seguimos creyendo que ser colombiano es ser hombre. Y blanco. Y berraco, jueputa. Como Santos. Como Uribe.

Pero no. Y por eso, lo del domingo no fue una derrota de Santos. Y por eso, lo del domingo no fue una victoria de Uribe. El domingo no ganó el No y sí perdió el sí: No. El domingo 2 de octubre de 2016 (en algunos años preguntarán esta fecha en el examen del ICFES), Colombia volvió a desaprovechar la oportunidad (la única visible en el panorama, —sorry, amigos optimistas—) de dejar de fracasar como nación.

Ese día negro pasará a la historia como el día en que no logramos entender que eso que el gobierno y las Farc habían firmado el lunes inmediatamente anterior entre bombos, platillos, guayaberas blancas, jefes de estado y el sobrevuelo de aviones de guerra que acojonaron a los presentes, no era la entrega del país a las Farc, ni nuestro un pasaporte para ser la Venezuela del próximo lustro, ni un cheque en blanco a los narcotraficantes que se apropiaron del campo y lo inundaron de coca, ni mucho menos —como alguna vez leí en alguna de las redes sociales, cañerías por la que corren nuestras aguas negras mentales— una burla al dolor de las víctimas de esta guerra, la más larga del hemisferio occidental.

Ese día negro reafirmamos que lo que contaba Actualidad Panamericana, el más confiable de los portales noticiosos en esta esquina del continente, en una nota de hace un año y medio: carecemos del gen que permite que pensemos en los demás.

Ese día negro, domingo 2 de octubre de 2016, todo cambió porque nada cambió.

Así que actuaré en consecuencia. Me sentaré a ver el partido de la selección contra Paraguay. Destaparé una Colombiana (o guaro, ya entrados en gastos) y prepararé garganta y teclado para anunciar a los cuatro vientos —Facebook incluido— que James (tan blanco, tan hombre, tan berraco) no juega, y que paraguayos hijos de puta, la madre que los parió.

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