El Chester de Él

902 es un showroom en Medellín de muebles y cosas para el hogar. Cada cierto tiempo deciden empacar todos sus corotos y venirse a venderlo todo en Bogotá. Para la cuarta edición de su pop up store en Bogotá -del 3 al 14 de noviembre-, me invitaron a escribir un relato. A continuación, el resultado.

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“El Chester de Él”

Barcelona, Panton, Tulip, 3107, Vienesa, todas las Eames… Esta lista de sillas (podría seguir pero los aburro) no es otra cosa que una muestra de mi asombrosa capacidad para almacenar datos inútiles. Por años me sentí orgulloso de poder recitar de memoria la alineación de la selección de Italia en 1990 (Zenga, Baresi, Bergomi, Ferrara, Maldini…), de nombrar cada pueblo que aparecía en la ruta hacia la finca de los abuelos (Fusa, Arbeláez, Pandi, Icononzo), de seguir recordando veinte años después de haberme graduado del colegio el orden de lista de mi salón (Amaya, Amórtegui, Ángel…).

Por eso, cuando Ella se fue, cuando cerró la puerta dejando tras de sí sólo el ruido de las rueditas de la maleta rozando el piso de granito del corredor, cuando abrí un vino cualquiera (Luis Cañas Crianza, 2007, un Rioja —Rioja Alavesa— suave, joven, afrutado pero berraco, complejo, con cuerpo) cuando me senté en el Chester que vimos en Medellín en un showroom de muebles que funcionaba en un colegio abandonado y que casi no conseguimos traer a Bogotá, me di cuenta de que la información que había procesado durante treinta y cuatro años, diez meses y 26 días, fue siempre la incorrecta. Y no lo digo porque la haya almacenado mal, no. Lo digo porque almacené la que no era.

Ese día diluviaba en Medellín como nunca diluvia en Medellín. Y quién se lo iba a esperar, si la bruma que había habido entre la ventana del hotel y las montañas del otro lado del río durante dos días, había desaparecido; si el cielo estaba azul, radiante, intensísimo, sin una sola nube. El aire era cálido, seco y eso se notaba en su pelo, mas negro, más brillante, más liso. Si hasta la aplicación del tiempo del iPhone predecía 20% de posibilidades de lluvia y todos sabemos que menos de 60% de probabilidades de lluvia es no lluvia. Aún así, Ella quería llevar paraguas. “Pero para qué, —le dije— mira el día, ¿y quién lo termina cargando? ¡yo!”.

Ella se volteó con ese gesto tan de ella, el de las fosas nasales hinchadas y la boquita de castor que al comienzo tanta risa me daba, pero al que después le empecé a temer porque significaba lo mismo que el “Haga lo que quiera” de mi mamá. Pero ese día había otro aire en el ambiente y por eso decidí dejar el paraguas en el hotel. Y por eso, cuando nos dio por devolvernos caminando desde el MAMM hasta Provenza y nos cogió la lluvia a mitad de camino, no tuvimos más remedio que buscar resguardo bajo cualquier alero. Como nada iba a disipar esa lluvia, yo necesitaba encontrar algo que le disipara el mal genio. Entonces me acordé de ese showroom, ahí podríamos encontrar algo que le devolviera la sonrisa que la habían quitado tres gotas de agua en el pelo y tres más en la punta blanca de sus Converse blancos.

De alerón en alerón logramos llegar hasta el colegio, o lo que quedaba de este. Su empute no cabía por esas escaleras, las que subió escéptica, a trompicones, como empujada por esas monjas que alguna vez obligaron a los niños a entrar a clase y por las que alguien, que menos mal no fui yo, tendría que bajar ese Chester: Ella jamás se imaginó que se lo iba a encontrar. Antes de verlo miró un par de cosas, una candelabro asimétrico, una macetica de suculentas, adornos para la mesa de centro, relojes y teléfonos viejos. Hasta que se topó con él. Ahí estaba, debajo de una ventana desde la que se veía el río Medellín —no se ve, pero me gusta pensar que sí—, a contraluz por lo que no se sabía ver si era negro o marrón. Entonces caminó hasta él, se sentó, lo tocó, con el dorso de la mano, con la palma, se escurrió, olió su cuero, tan curtido, tan agrietado, tan lleno de historias, apoyó su cabeza en el espaldar, jugueteó con uno de los botones, se levantó. “Nos lo llevamos”. Una lágrima cayó en la punta de sus Converse.

Sí, yo sabía cuánto amaba Medellín. Y cuánto la odiaba (¿es femenino, ciudad? ¿es masculino, municipio?). Después de una pelea con su mamá, su papá se montó en el carro, cogió la avenida Las Palmas y se estampó contra una flota. Su mamá estaba embarazada de ella. Esa noche diluviaba en Medellín como nunca diluvia en Medellín. Yo conocía esa historia, me la contó hace muchos años cuando, en medio de una pelea casi en mute para que su mamá no oyera, abrí la puerta para irme. “Si cierras esa puerta, nunca más te la vuelvo a abrir”. Me quedé y me lo contó todo. En ese instante supe que si algún día se acababa lo nuestro era porque era Ella la que cerraba la puerta.

Ese día fue hoy. Ella se fue. Cerró la puerta. Tuvo que pasar lo que pasó (perdón que no se las cuente, pero eso es otra historia) y un manojo de años para que yo me diera cuenta de que no escogió el sofá por joderme la vida, por servirme un plato frío por no haber llevado el paraguas. Lo hizo porque era la manera de aferrarse a un padre que no conoció. A los que vimos morir a nuestro padre nos queda su imagen, el recuerdo de su olor, el vibrar de su voz, sus cosas, los lugares que lo traen de vuelta . Pero ella no tenía nada: sí, había alguna foto, los cuentos de su madre, de sus abuelos, esa historia. Y también el odio profundo por la lluvia, esa que le arrebató a un padre pero que le dio un sofá. Chester. Capitoneado. De cuero marrón. Vintage.

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